Me deprime el comienzo del otoño.Me entristece que se haga de noche tan pronto, que los árboles se vayan quedando pelones, que ya no haya niños por la calle porque están metidos en aulas.Ya sé que hay un montón de cosas que molan en otoño:los colores de los bosques (pena que viva en la urbe), las frutas de otoño, las granadas, los palosantos y esas cosas, las noches más frescas que se duerme tan de puta madre, pero a mí me deprime.Y me entra la ñoña, y me pongo blandita y sensiblera, y nostálgica y melancólica perdía.
Cuando era pequeña, sin embargo, tenía un punto emocionante, el final del verano.Una volvía al cole, pero al menos los primeros días todo era nuevo:aula nueva, profes distintos, algún alumno nuevo (inolvidable el año en que llegó a mi clase un tal D. A., pijo de rasgos equinos y polo de color ¡rosa! por quien todas las cursis se volvieron loquitas), y la sensación de que eras mayor porque habías subido un curso.Qué adultos y qué por encima de todo parecían los alumnos de 8º, con sus catorce añazos.
De muy pequeña, la llegada del otoño era vivir con mi abuela, en cuya casa paraba de lunes a viernes por razones que no vienen al caso. Por la mañana, vaso de leche caliente (el grito de guerra de mi abuela era “que no quema, te digo”) que tenía que beberme sí o sí, lavado de cara con agua fría y peinado con dos trenzas que no llegarían a mediodía, que remataba con esas gomas con bolas de madera y a comprar:íbamos al mercado, o a comprar telas; y en casa, mientras ella cocinaba, yo me quedaba a veces en casa de la vecina, que tenía un hijo de mi edad, o, cuando venía el barbero a afeitar y cortarle el pelo a mi abuelo, me quedaba con la boca abierta mirando cómo le enjabonaban la cara y le pasaban luego una navaja, o me quedaba rondando por la cocina tocándolo todo y “emprenyant”, que decía ella.Y las tardes las pasábamos en el comedor, yo tirada en la alfombra con un libro para colorear y ella escuchando a la señora Fortuny en la radio mientras cosía algo.Si hacía bueno, bajábamos a dar de comer a las ocas del claustro de la catedral, o a jugar con el hijo de la vecina al archivo de la Corona de Aragón, que tenía una fuente en medio, o a correr como dementes por la plaza del Rei, donde por entonces no había ni un guiri.Luego había que ir al colmado, o al rápido a por unos zapatos que necesitaban unas tapas en el tacón, o a la mercería a por hilos, o a casa de la hermana menor de mi abuela a rajar de alguien o a pasar el rato sin más.Y si refrescaba, me ponían el maldito “verdugo”, esa especie de pasamontañas absurdo, me prohibían abrir la boca para que no me resfriara (?) y me arrastraban a casa, no fuera que cogiera una gripe. En casa, me bañaban en un barreño verde que a mí me parecía enoooooorme, me colocaban el pijama y me dejaban ver la tele un rato, el Dr. Caparrós, de Capri, o los dibujos de la Warner, cuando los ponían.
Y más tarde el otoño significaba empezar a quedarse en casa con mi hermano, aburridos, montando batallas de clicks de famobil, porque ya no se podía bajar a la plaza, y mis padres nos dejaban hacer el salvaje por el piso.Poco después ya podíamos jugar con mis primos, que juntando a todos los críos en una casa éramos más fáciles de manejar, y una vez casi desnuco a mi prima haciéndola dar volteretas, y otra tuvimos que correr a urgencias porque mi primo afirmaba haberse tragado un duro, y después de horas en la sala de espera (y de dos placas) reconoció que no era verdad, pero es que se aburría.Y los deberes, el aburrimiento infinito del cole pasada la novedad de los primeros días, y el engorro de ir añadiéndonos un jersey, una chaqueta, las botas de agua.
Y los malditos collages con hojas de plátano secas, la caja de ceras Manley, las castañas asadas, los conjuntos que me regalaba/imponía por mi santo mi abuela, siempre de colores que detestaba, azul oscuro, verde oscuro, marrón, pero si yo me encaprichaba de una cartera para el cole ella iba sisando de la compra hasta regalármela también, igual que la guitarra, una guitarra carísima que aún conservo y afino de vez en cuando, aunque haga muchos años que no toco.
Y siempre, cada año, octubre trae de vuelta muchas cosas, no sólo el fútbol que me recordaba In I Go;el meterse en los bares porque en las terrazas ya no se está bien, el ansia de huir, de cambiar de vida, que se irá diluyendo poco a poco según avanza el frío, el intento de combatir la ñoña a base de libros, películas y ropa nueva, el “para antes de mi cumple dejo de fumar”, el resfriado que irá y vendrá hasta marzo por lo menos, el protector para los labios que tendré que llevar encima hasta la primavera, la nostalgia de otros octubres, los recuerdos, el miedo a envejecer, el “ay dios, si anteayer era San Juan”, los primeros anuncios de lotería de navidad…
Una mierda, el otoño.
18 comentarios
18 Octubre, 2007 a las 7:36 pm
Y si… la nostalgia a veces nos pega más… quizás el otoño evoque esos recuerdos, pero no es para bajonearse. Arriba mala!
19 Octubre, 2007 a las 12:46 am
mala, pero si todas las cosas que cuentas son guapas de recordar! bueno, tu, es que tienes un arte diciendo..
me ha encantao eso del “ansia de huir, de cambiar de vida”. espero que este otoño no se diluya tán fácilmente.
19 Octubre, 2007 a las 4:05 am
Qué perra lo tuyo con el otoño, pero bueno, lo entiendo. A veces es bonito recordar, incluso positivo, pero tampoco hay que regodearse demasiado en la nostalgia, el extremo puede ser peligroso.
Sí, nos vamos haciendo viejos, eso no tiene remedio, pero también ahora mismo estamos creando los recuerdos del día de mañana.
No sé, a mí me gusta el otoño, más que me disgusta. Lo sigo viendo como el principio de cosas importantes, nuevas oportunidades en tu vida, afianzarse uno mismo, y darte cuenta de lo que tienes de verdad, con quién te puedes refugiar en los bares y en los sofás.
19 Octubre, 2007 a las 2:08 pm
Coincido con Karaxi, aunque no sé si es bonito de reocordar o simplemente el modo en que lo has hecho… muy bien escrito la verdad.
Y más tarde el otoño significaba empezar a quedarse en casa con mi hermano, aburridos, montando batallas de clicks de famobil, porque ya no se podía bajar a la plaza, y mis padres nos dejaban hacer el salvaje por el piso
Joer, esto podría haberlo firmado yo…
No, no es una lagrimilla, es… no me mireis así!
Un saludete!
19 Octubre, 2007 a las 9:06 pm
Se ve que esto afecta de modo distinto a cada uno. Según iba leyendo pensaba: sí, sí, sí… hasta llegar a la última frase. Seré masoca, tal vez.
20 Octubre, 2007 a las 12:41 am
Pues sí, a mí también me gusta. De pequeña siempre vives las estaciones con ilusión, cada una por su cosa y de mayores hay unas que te gustan más que otras. De todas creo que me quedo con el otoño primero y luego verano. Durante años he odiado el otoño, el cambio horario, los jerseys, la falta de luz, la sensiblería y todo lo que conlleva ir acercándose al invierno. Pero ahora sólo intento disfrutarlo y empiezo a verlo como cuando era pequeña. Y me encanta…
20 Octubre, 2007 a las 1:11 am
A mí me den el mes de mayo y las flores que se abren y los días bien largos, esto de que anochezca tan pronto me mata.Y empieza a hacer frío, y eso sí que me jode.Pero mucho, me jode.
20 Octubre, 2007 a las 1:36 am
Pues sí…también es verdad que aquí el buen tiempo dura hasta finales de Octubre….y tras varios meses de camisetas y chanclas (desde Mayo hasta Octubre), pues llega un momento en que cansa.
20 Octubre, 2007 a las 9:36 am
Me trae otros recuerdos, siempre los mismos, pero similares a los tuyos. El otoño es bonito cuando se vive en un lugar “verde”, porque sabes que lo que vendrá quizá será peor (la calvicie invernal) e intentas disfrutar de los colores de los árboles, arañar el último vestigio de vida. El otoño en la ciudad es como tú lo describes, pero siempre quedan formas para sobrevivirlo. El cuerpo debe acostumbrarse primero al frío. En Barcelona el otoño regala unos cielos bien hermosos. LBNL (last but not least) muy bien escrito, hasta parece que huela a Colacao.
20 Octubre, 2007 a las 9:41 am
Ya lo he vuelto a hacer, el enter antes de tiempo. La foto y el texto, profundizando, las hojas del otoño que agonizan pero teñidas de un color rosáceo que anima. El texto con recuerdos entrañables y un final desesperante. Muy bien, había dicho.
20 Octubre, 2007 a las 10:37 am
Pues tu relato lo ha hecho enternecedor. Me ha encantado.
Andaaa que el del duro, ya tenía que estar aburrido el pobre
Besitos.
20 Octubre, 2007 a las 4:49 pm
¡Ay! Y deja que cambien la hora
20 Octubre, 2007 a las 10:05 pm
Aaaaaaaaaaaaaaargh, Macorina, eso sí que es deprimente a morir!!!!!Diosss, ¿¿por quéeeeeee??
20 Octubre, 2007 a las 11:41 pm
Sí…lo del cambio horario tendría que ser delito. Me pongo de una mala leche que para qué. Además, eso de que duermes una hora más, es tontería…en mi época de estudiante ahora te daban una hora extra que no necesitaba (principio de curso) y cuando más la necesitabas (cerca de época de exámenes y sin tiempo) te la quitaban. Una panda mamones…
21 Octubre, 2007 a las 11:27 am
¡Ay! Yo también estoy nostágica perdida tras leer esto. Esas manley, plastidecor y pinypones. La plastilina, los bollos círculo rojo y los bollicaos….. Esas broncas con mis hermanas. Barrio Sésamo. La bola de cristal. Me trae buenos recuerdos.
A mí me pasa como a Iwi; para mí el año comienza en otoño. Página en blanco y nuevos propósitos que nunca cumplo.
21 Octubre, 2007 a las 12:44 pm
Por ejemplo, aclarar un poco el fondo de tu avatar.
21 Octubre, 2007 a las 2:12 pm
Polejemplo…. Pero creo que por joder lo dejaré para el 2008.
31 Enero, 2008 a las 3:35 am
[...] ocurre anualmente, (un poco como lo de Mala cuando llega el otoño, pero sin causas justificadas o justificables aparentes), me ocurre, digo, [...]